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Análisis del libro “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia” de Cristian Alarcón

“Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, de Cristian Alarcón, intenta describir, a manera de crónica en primera persona, las entrevistas e investigaciones que el autor realizó acerca de Víctor Manuel “El Frente” Vital, un delincuente adolescente de 17 años de las villas de San Fernando que dejó atrás una vida de fieles amistades tras perder la batalla contra la muerte a manos de un policía, cuando se entregaba –junto con su compañero– después de un robo.

Cristian Alarcón revela cómo El Frente fue convirtiéndose en un santo pagano que protege la delincuencia vestida por los códigos y éticas que él defendía. Víctor fue, sin dudas, un moderno Robin Hood argentino de la sociedad que nació o ha caído en las garras de la pobreza. En las calles y pasillos de las villas del conurbano, donde la imagen del “Santo de los Pibes Chorros” es venerada por los fieles, se va construyendo la historia que Alarcón nos narra.

El periodista nacido en Chile, que actualmente trabaja en el diario Crítica, supo meterse en la cultura de “los que poco tienen” y, con audacia e inteligencia, logró recolectar los datos necesarios para reconstruir, al inicio de la obra, los momentos inmediatamente posteriores al asesinato injustificado del pibe chorro que robaba para dar, que creía en las convicciones de un delincuente y que sabía, más que nadie, cómo manejarse en un mundo sumergido en la violencia, la drogadicción, la pobreza y la desgracia.

Es útil remarcar varios rasgos que caracterizan los escritos de Alarcón; entre ellos, la posibilidad de mostrar al lector los diferentes dialectos sociales de una cultura mal vista y poco comprendida por las demás clases. Una cultura temida donde la identidad pasa por los estereotipos de joven cumbiero, “de zapatillas galácticas”, de conseguir el dinero de cada día mediante el robo a mano armada o las amenazas verbales, únicamente para caer en los placeres destructivos de la droga, el alcohol y las fiestas nocturnas.

Desde las voces de los más allegados a Víctor, como lo son Sabina (la madre) o sus mejores amigos, las anécdotas reproducen cómo y por qué El Frente es quien es hoy en día, el porqué de su prestigio y el respeto hacia su sola presencia, tanto en muerte como en vida, que desde el momento mismo de su fallecimiento logró reunir en una misma sed de venganza a miles de seguidores. Como si de una historia mística se tratase, los mil y un hechos que envuelven la vida de El Frente parecen estar relacionados directamente con su posterior canonización pagana: desde una tormenta repentina en el momento de su muerte, como si la naturaleza misma santificase su defunción, hasta creerlo “con la suficiente fuerza como para doblar el destino de las balas” y así salvar las nuevas generaciones de pibes chorros de las armas policiales, o bien impedir la muerte de los accidentados y moribundos.

Cuando me muera quiero que me toquen cumbia
Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, de Cristian Alarcón

Dimensión Situacional:

El grupo se mostraba claramente influenciado por las ideas y convicciones impuestas por El Frente Vital en vida, totalmente diferenciadas de grupos como el de los transas, vendedores de drogas, que robaban aún en los propios sitios donde ellos permanecían, actitud indudablemente condenable por la ética de los delincuentes que acompañaron a Víctor. Es importante marcar que el grupo dio una vuelta de página cuando fue tomada la decisión de no seguir en el camino de la delincuencia. Tomaron la figura de Víctor como un santo, poniendo su imagen en un recuadro adornado con los colores de Tigre; besaban la fotografía antes de ir a ganarse la vida en sus respectivos trabajos.

Al describir el grupo de Vital, puede notarse que el cuidado de la estética personal era un punto importante en la vida diaria. Alarcón asegura que el Frente solía diferenciarse por su particular manera de vestir, característica que sus amigos mantuvieron: pantalones anchos bien planchados, zapatillas Nike siempre limpias, chombas Lacoste, etc., y elementos que mostraran su prestigio: cadenas de oro, relojes, entre otros.

La epistemóloga María Andrea Benítez (Universidad Nacional del Nordeste, Chaco) afirma que “las adscripciones identitarias no son ‘naturales’, son producto de incesantes procesos de construcción, en los cuales se articulan la igualdad y la diferencia para la propia identificación y en la relación con los otros, e implica el uso subjetivo de invariantes objetivos como modo de adscripción a un colectivo”.

 

Dimensión Contextual:

Rossana Reguillo Cruz en Emergencia de culturas juveniles afirma que “en el contexto latinoamericano, donde la política social y la políticas públicas para los jóvenes se restringen, en el mejor de los casos, al ámbito de la educación formal o capacitación, a la salud y el deporte, éste resulta un tema complejo” y que “algunas investigaciones empíricas han señalado que los jóvenes son especialmente sensibles a este tema: quieren participar pero no saben cómo colocarse ante una sociedad que los exalta y los reprime simultáneamente”. Así, sin ir más lejos, podemos observar la situación desesperante del grupo de seguidores de Víctor, cuando el enfrentamiento tras la muerte del santo pagano tomó lugar –bajo la repentina tormenta, con su colérica madre a la cabeza– en contra de las políticas represoras policiales que Alarcón detalla en los primeros capítulos del libro.

El contexto sociopolítico es el cimiento sobre el que se construye una historia de vida: la economía en el tiempo menemista (el uno a uno, por sobre todo) llevó a que la clase social media y alta cambiaran sus muebles y electrodomésticos, naciendo entonces las familias de cartoneros que aprovecharon los descartados para construir sus propios hogares. Cuando El Frente murió y tiempo después la crisis del 2001 afectó al país hasta puntos insospechados, las actitudes de los delincuentes cambiaron por completo como si una ráfaga de aire desesperante hubiese golpeado las villas: vivir ya no era fácil ni para ellos ni para la clase media.

 

Roberto Sánchez, vecino de la villa donde Cristian investigó hechos relacionados con El Frente, le cedió la lista de muertos del barrio con un nivel de detalles impresionante, según describe el mismo autor.

Reguillo Cruz afirma que “ser un joven de los barrios periféricos o de los sectores marginales se traduce en ‘ser violento’, ‘vago’, ‘ladrón’, ‘drogadicto’, ‘malviviente’ y ‘asesino’ en potencia o real”, cuestión que él denomina como Síndrome Giuliani en relación a la doctrina neoyorkina de “tolerancia cero” que volcó sus aguas en los medios de comunicación.

La violencia y la muerte se convierten entonces en un relato de todos los días, ya no sorprenden por “su originalidad”, ya todo es tan visto como ir a comprar al kiosco ese par de vinos baratos con los que acompañar las pastillas. Por lo tanto, “las noticias (…) se convierten en algo natural, normal, pasan a segundo plano, se olvidan”. La lista que Roberto Sánchez escribió a modo de homenaje acerca de esos chicos fallecidos, todos “muertos olvidables”, es sin duda ahora un punto de inflexión para Alarcón, en el que la sorpresa, la furia, el respeto y la vergüenza se conjugan en un sentimiento único y maldito. Todos ellos, olvidados por muchos y desapercibidos por otros. Todos ellos, cada uno de ellos, todos los adolescentes que murieron en vano, algunos sin siquiera pertenecer al mundo del delito, muestran lo cotidiano de los acontecimientos macabros y de la brutalidad policíaca.

 

En “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia” podemos encontrar situaciones de violencia social muy evidentes, que recorren ciertas situaciones que los protagonistas cuentan o que el autor resalta. Desde ya, la represión de la policía a la comunidad del barrio y los proyectiles (casi siempre, piedras o balas de plomo) que los habitantes de la villa arrojaban eran perfectos testigos de dicha violencia. El Frente había iniciado sed de venganza entre sus fieles y su símbolo (una gran “v”, luego con el agregado de cinco puntos representando un oficial acorralado por cuatro pibes) ahora había armado su propia semiótica, que más tarde todos los que estuvieron desde temprana edad rodeados por las armas –o fierros– de los policías adoptarían como propia, tatuándose el cuerpo como señal de que el resentimiento y el odio jamás culminará.

Mario Carlos Zerbino en “19 proposiciones para discutir sobre la violencia” afirma que “el problema de la violencia es la venganza”, desquite que figura de manera constante a lo largo de las descripciones que Alarcón hace sobre las peleas al estilo Viejo Oeste en los pasillos de las villas. Son “nuevas formas de violencia (…), retorno de formas arcaicas que ocuparon lugares relativamente secundarios a los largo de la Modernidad, pero que vuelven en un contexto socio-cultural radicalmente diferente”, ahora llevado a un ámbito de pobreza y guerras entre tribus o bandas.

Adentrándonos más en el texto, podemos observar la manera de actuar de los vendedores de drogas –esos soberbios hombres inmunes a la brutalidad policíaca y la aprehensión tras las rejas que repartían lo que se conoce como merca a los pibes de la villa–, tan criticada por los amigos de Víctor Vital, que suponen puñaladas y traiciones contra los propios chicos que pertenecen al barrio. Estos transas parecen ser verdaderos antagonistas de las ideas que El Frente trató de inculcar en la sociedad de la delincuencia. “Hay gente buena y gente mala; bueno, ellos son malos”, explicaba Chaías, íntimo y fiel seguidor de Víctor.

La biografía de la madre de Vital, Sabina, parecía también estar teñida por el sufrimiento, por la misoginia, por la violencia doméstica. Ya lo narra ella diciendo: “Cuando [mi padre] supo que estaba embarazada me dio una paliza con esos látigos que usan para arrear los animales. Me sangraba la espalda y yo me revolcaba como las víboras del dolor. Por eso lo maldije a mi viejo.”

No sólo en estas anécdotas logramos ver la influencia de la violencia social en la psiquis de los afectados: las riñas cotidianas, los tiroteos diarios, la supervivencia del más apto o del más fuerte (como si de una selección natural se tratase), todo ello deja sus malévolos signos en la experiencia de los jóvenes, muchas veces signos tangibles como balas incrustadas o pérdidas irreparables.

Sin duda, Cristian Alarcón intenta mostrar esta violencia predecible que puede acabar en muerte. Una muerte a la que nadie le tiene miedo o pavor; una muerte que parece ser el fin de la vida de pibes chorros y que está ampliamente aceptada hasta en los dichos de todos los días. Es el cementerio el destino final de sus vidas de robos y triste marginación. “Acá vamos a terminar todos. (…) ¿Cuándo será que me va a tocar a mí?”, interrogan los delincuentes.

 

Prof. Hernán R. Gómez

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